Baúl por Mª Evelia San Juan Aguado


CONCHA ESPINA

Olvidada. Oculta en un baúl de la historia. ¿Quién se acuerda hoy de mí? ¿Apareceré acaso en alguno de los libros de texto del bachillerato? ¿Cuántos saben qué méritos avalan las estatuas, placas, calles –en distintas localidades- y la estación de metro madrileña que llevan mi nombre?
Desde luego, han pasado muchos años,  yo he sido importante en la primera mitad del siglo XX y de entonces a hoy el mundo ha dado un vuelco tan imprevisible como imparable… los avances en todos los órdenes de la vida nos han superado, aunque la causa de la dignificación de la mujer en todos los órdenes de la vida, que yo abracé en mis obras, no sea un objetivo totalmente conseguido.
¿Os cuento lo más señalado de mi peripecia vital? Escuchad: nací en Santander en 1869. Éramos una familia numerosa, mis padres sufrieron un revés de fortuna y tuvimos que trasladarnos a Mazcuerras. En casa no teníamos biblioteca, el colegio era rural, pero yo sentía una inclinación innata por la poesía y muy pronto empecé a escribir. Bien puede decirse que fui autodidacta. Me casé con Ramón de la Serna en 1893 y enseguida nos trasladamos a vivir a Valparaíso, en Chile. Allí nacieron mis dos primeros hijos. Conseguí  entrar en contacto con el movimiento modernista y empecé a colaborar asiduamente en periódicos chilenos y argentinos. Esta etapa duró cinco años y de nuevo los problemas económicos de mi marido nos trajeron de vuelta a Mazcuerras. Tuve un hijo que murió pronto, una hija y otro más.
Mi amistad con los hermanos Menéndez y Pelayo nos fue de gran ayuda. En 1903 publiqué el ensayo “Mujeres del Quijote” y un año más tarde don Marcelino me hizo el prólogo de “Mis flores”, libro de poemas; pero también me aconsejó adentrarme en el terreno de la prosa. Yo colaboraba en periódicos cántabros y hacía labores de costura. La situación con mi marido no era buena, ni en lo personal ni en lo económico, así que le conseguí un empleo en México y allá se fue para no volver.
Me trasladé con mis hijos a Madrid,  busqué apoyos, empecé a publicar novelas de éxito, escribía regularmente artículos en periódicos como “La Vanguardia” y ABC de Sevilla, la vida se me iba encarrilando. Mi primera novela fue “La niña de Luzmela”, que vio la luz con mucho éxito en 1909. En 1914 publiqué “La esfinge maragata”, para la cual me documenté viviendo una temporada en Astorga y El Val de San Lorenzo. Con ella conseguí el premio Fastenrath de la Real Academia. Tengo sendas placas conmemorativas de mi estancia en las casas que habité en  ambos lugares.
En 1916 publiqué “La Rosa de los vientos”. Al año siguiente, novelas cortas; entre ellas, “Tierras de Aquilón” mereció el Premio de la Real Academia Española en 1924.
Escribí el drama en tres actos “El Jayón”. Representada con éxito en 1918, fue traducida al italiano y posteriormente transformada en ópera por el maestro Francisco Mignone, que la estrenó en Río de Janeiro.
1920 fue quizá mi año más productivo, pues me editaron “El metal de los muertos”, “Dulce nombre” y “El cáliz rojo”.
En esta época yo vivía en la calle Goya y celebraba los viernes un salón literario: me acompañaban intelectuales y personajes de la alta burguesía.
La Hispanic Society de Nueva york me concedió en 1925 el título de miembro honorario y dos años más tarde el rey Alfonso XIII la Orden de las Damas Nobles de María Luisa.
Por la novela “Altar Mayor”, ambientada en Covadonga, recibí en 1926 el Premio Nacional de Literatura.
Fui candidata al Nobel de Literatura tres años seguidos: de 1926 a 1928. La primera vez me faltó un solo voto para conseguirlo… de la Real Academia Española, la cual también me denegó el ingreso en su seno en dos ocasiones: 1928 y 1941.
La Academia de las Artes y Letras de Nueva York me nombró miembro honorario suyo en 1938.
Empecé a sufrir problemas en la vista, hice tratamientos, me operaron, pero definitivamente quedé ciega a partir de 1940. Apenas pude seguir escribiendo.
Todavía tuve varias satisfacciones después de este trance, pues en 1948 el pueblo de Mazcuerras decidió llamarse oficialmente Luzmela y me impusieron la cruz de Alfonso X el Sabio. En 1950 recibí la Medalla de Oro al Mérito  del Trabajo, de carácter nacional y en 1954 la Medalla de Oro del Mérito Provincial de Santander.
La dama del alba vino a visitarme el 19 de mayo de 1955 y desde entonces descanso en el cementerio de La Almudena. 

Mª Evelia San Juan Aguado